La muerte ronda siempre (como dice Carlos Castañeda, la traemos al ladito de nuestro hombro izquierdo) pero aún así, en las noches de insomnio se me hace presente y me inyecta ese miedo de sentir un hueco en el nido.

Esta noche, de repente me encuentro con mi vida a los cinco años y era una niña con insomnio, una niña con angustia ante la muerte, no la mía, la de los demás. Aún hoy, muchos años después, me deja inmóvil, e inmóvil me brotan las lágrimas angustiosas que ruegan que todos a los que quiero estén conmigo aún y trato de entender los caminos que resultan tan indescifrables.

Aún hoy, muchos años después, quisiera poder meterme a la cama de mi tía para entre sus brazos llorar quedito y entender que así es la vida.