Como cada año durante mi época de universitaria,  me armé el bolso y me fuí al Festival Internacional Cervantino. Era el año 2003, principios de noviembre y en Guanajuato el clima por esas épocas es excelente, como casi siempre, pero lo que es  la luna!!  es de las más espectaculares que en cualquier otra época del año.

Para el cierre del festival estaba organizado un concierto en la Alhóndiga de Granaditas, gratuito y a la luz de la luna.. así que, obviamente, la tribuna estaba a reventar y el grupo con el que yo  iba se estaba viendo un poco lento para conseguir un buen lugar… así que cual chango me subí por un costado de todo aquel armado de tubos y entre pisotones y empujones (de mi parte, lo acepto) logré sentarme en un espacio meritito en medio de aquella tribuna.. un poco lejana, pero con buena vista del escenario.

A la hora convenida, que no recuerdo cuál era, pero por ahí de las 21, se oye una voz rasposa y un tanto cansada, pero clara y fuerte: “¿Listo el pueblo? ¿Lista la gente? ¿Chido, chido, chido?” y todo retumbó con la voz unida de miles de personas reunidas en la tribuna, en las sillas allá abajo, en la calle al costado de la Alhóndiga, en las azoteas de los edificios cercanos, subidas en las farolas y en los árboles.

Todo estaba tan envuelto en ese folcklor tan potente que no he visto en ningún otro lado, y Doña Chabela Vargas empezó a proclamar a los cuatro vientos: “pónme la mano aquí Macorina, pónme la mano aquí…”, con la picardía digna de una diva.

Hoy, a la distancia, no sé por que recordé, que uno de los momentos más electrizantes de mi vida fué ese, en el que oí a ésta gran señora cantar una de las canciones que más quiero, “Un mundo raro”… cuando te hablen de amor, y de ilusiones, y te ofrezcan el sol y el cielo entero, si te acuerdas  de mí, no me menciones, porque vas a sentir amor del bueno…

el tiempo se detuvo y la luna sólo iluminaba a Chabela para dejarme soltar las lágrimas en la oscura tribuna en la que los miles de personas y yo, nos quedamos sin aliento, en una especie de petrificación obligada por tanta voz y, seguramente, porque José Alfredo Jiménez estaba ahí con nosotros tequila en mano, llorando tan buena canción.

Después… no me pregunten que más cantó porque mi mente ya había quedado extasiada con esos 4 minutos de canción.

Anuncios