Tres horas de sol sobre el río café con leche, música de fondo, charla francoanglocastellana y mi peinado, como siempre, al viento sudaca. Vamos acercándonos a las islas que dan la bienvenida, desde babor las saludo y guardo una imagen mientras llegamos al  puerto.

Es un rinconcito del Río de la Plata (al que no se le ve la otra orilla), Colonia de Sacramento. Quieta y colorida, pacífica como hace miles de años cuando se fundaba por los portugueses, ve pasar los barcos desde su faro, sin temor a ser descubierta.

Tropical, se contonea al paso de las gitanas que recorren las calles pidiendo tu mano para contarte del desastroso futuro y amores apasionados.

El paseo de la costa tan lleno de rocas, sol y arena, no perdona una tarde sin caminatas con el termo bajo el brazo derecho y el mate en la mano contraria. El aire pueblerino me invita a perderme de la historia y dedicarme a disfrutar sólo de los paisajes para tratar de robarle un poquito  de belleza… para mí solita.

Colonia es hechicera y lo sabe… suspira desde un callejón a una cuadra de lo de un mimo, que espera paciente por un saludo políglota. Pícara invita a perderse en algún jardín y robarle unos besos a algún fantasma sentado en el portón de una casuchita (como las de mi México), mientras ve pasar el tiempo que aquí es eterno… va calmo y pesado… para enamorarte poquito a poquito.

(phi)

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